martes, 2 de enero de 2018

Un cuento muy bien elaborado


Miguel Ángel Uribe Ochoa

Relatado por un narrador de tipo personaje –pues es el protagonista  y cuenta su propia historia, ya que relata solo lo que ve– y escrito por Linda Plascencia Soto, el cuento “Me enamoré de él” nos habla acerca de los problemas familiares en la adolescencia y el crimen del secuestro. 

¿Qué haríamos si nos encontráramos cara a cara con un delincuente? ¿Cómo reaccionaríamos? En este corto texto –no por eso menos interesante –, una niña adolescente, furiosa y curiosa, en una de las etapas de la vida en donde se quiere experimentar y preguntar acerca de todo, se escapa de su casa por problemas con su familia. Se dirige a un parque, en el cual es secuestrada. 

Lo normal sería que en este tipo de situaciones se intentara escapar o de alguna forma pedir ayuda. Pero en este relato no ocurre así, debido a que la protagonista le toma cariño a su secuestrador (Armando), y por ello decide quedarse con él.

En cuanto al ambiente, considero que la historia se desarrolla en la actualidad, pues no se menciona nada antiguo, sino hechos que podrían estar sucediendo en nuestros días. En lo que corresponde al espacio, el cuento se basa primero en la casa de la niña, luego en un parque (donde la protagonista es raptada) y posteriormente en una cabaña (donde ella pasa la mayor parte del tiempo con Armando).

La niña, al estar secuestrada, describe lo bonito y placentero que es estar con el hombre: “Con el tiempo empecé a sentirme segura con él”; y expresa que cuando “(lo veía marcharse desde la ventana) temía que no volviera”. 

Se puede apreciar muy fácilmente que el personaje principal es la muchacha, aunque en todo el cuento la autora nunca incluye su nombre. (Creo que el lector se encariñaría más con la protagonista si de alguna forma pudiera mencionarla, no solo como “la niña” o “la muchacha”).

El personaje de Armando es secundario, pues no hace más que cuidar de la joven, además de que es la persona que la secuestró. En la historia se muestran más personajes, como la familia o la policía, pero, ya que apenas aparecen, se puede decir que son ambientales.

Se podría clasificar su desenlace, por su tipo de estructura, como cerrado, pues jamás se menciona qué ocurrió después de su final. También esto va relacionado con que al final te llevas una gran sorpresa, ya que jamás te esperarías lo sucedido; por su lógica, entonces, el desenlace se clasifica como sorpresivo. Además, se podría decir que es un desenlace triste, y en el aspecto afectivo es malo, debido a que no acaba con felicidad para nuestra protagonista.

Por otra parte, en el texto se usa la función emotiva de la lengua, cuando la niña transmite sus sentimientos y emociones, como se puede apreciar aquí: “Comenzó a acariciarme. Me asusté, pero no hice nada”; o: “Temía que no volviera”. Igualmente, se puede apreciar la función poética, que consiste en la configuración del mensaje para dar una estética de agrado, belleza o gracia, como en: “Poco después descubrí que estaba en una cabaña en medio de la nada”.

Desde mi perspectiva, el cuento está muy bien elaborado, muy bien narrado, con una buena trama y buenos personajes. Lo que a mi parecer le hace falta es una poca más de extensión;  aunque cabe mencionar que los cuentos son cortos, no pasaría nada si se extendiera un poquito más. Asimismo, me hubiera gustado mucho que la protagonista tuviera un nombre, para no solo mencionarla como “la muchacha”.

Plascencia Soto, L. D., “Me enamoré de él”. Disponible en: https://nuevotallereando. blogspot.mx/2016/08/me-enamore-de-el.html


Un amor enloquecedor


Mariela Sánchez Jiménez

En el cuento titulado “Esquizofrenia”, la autora y ex estudiante de la preparatoria del Instituto Salvatierra, Andrea Islas Lazcano, relata una historia con un tema interesante, que al final toma un camino perturbante.
Todo comienza con una mujer que, después de trabajar, va sola a tomarse una copa a un bar cercano. Un hombre evidentemente borracho se acerca a ella para relatarle una historia algo descabellada, que al principio no es muy convincente.
El hombre empieza a hablar acerca de cómo se dio cuenta de que su esposa ponía algo en su té nocturno –lo cual se asume que son las medicinas para controlar su esquizofrenia–. Un día él tira el té sin que ella se percate, por lo que da inicio la verdadera historia de cómo uno de sus episodios esquizofrénicos prácticamente arruinó su vida.
Con lo mencionado anteriormente, podemos notar que el verdadero tema de esta narración es la desconfianza, ya que eso fue lo que desencadenó la historia del hombre y sus actos.
Ahora, de los personajes no se puede deducir mucho, pues no se mencionan nombres, pero sí es posible identificar quién es el protagonista y cómo es el carácter de cada uno.
Del personaje principal, que es el hombre borracho, se mencionan algunas cosas que demuestran su dolor al relatar su trágica historia. De la mujer (personaje secundario) se incluye esta expresión: “Tengo una pistola en la bolsa, así que suéltame antes de que hagamos una escenita”, que nos da a conocer un poco acerca de su forma de ser: posee un carácter fuerte y no teme defenderse.
Al hablar del desenlace podemos decir que es abierto, pues en realidad te deja con la duda de qué pasa con los personajes y cuáles son las consecuencias de sus actos. Lo considero sorpresivo y triste a la vez, debido a que personalmente no me esperaba el giro tan inesperado de la narración.
Otro punto es el ambiente. En el texto solo se confirma que la historia toma lugar en el bar con esta línea: “Venía a este bar de vez en cuando, casi siempre después de un mal día, porque necesitaba un cambio de ambiente…”. También se da a entender que la atmósfera inicialmente es melancólica y termina violentamente macabra. Lo que no se puede distinguir en realidad es el tiempo, ya que, mientras los hechos pueden estar situados en los años ochenta, también pueden corresponder a la época actual, pues no hay nada que distinga la época.
En cuanto al narrador, desde la línea: “Me levanté tarde y llegué a la oficina del mismo modo” se hace saber que es testigo: nada más y nada menos que el personaje secundario, la mujer.
Para concluir, en realidad este me parece un cuento muy bien escrito y con muy buenas ideas. Te hace pensar acerca de las personas que sufren de esquizofrenia y a lo que pueden llegar por no consumir su medicamento.

Islas Lazcano, A., “Esquizofrenia”. Disponible en: https://nuevotallereando.blogspot. mx/2017/01/esquizofrenia.html

La historia de lo que nos hace falta a muchos


Jesús David Gutiérrez Ham

La autora Elsa Bornemann nos narra una historia titulada “Me hace falta”, en forma de una carta, a través de un niño como personaje, quien externa lo que siente y necesita de su padre. Lo dice de una manera sutil y madura, ya tiene la valentía de manifestar de lo que carece, aunque haya sido educado de una manera en la que se considera que entre hombres no se pueden abrazar, ni dar un beso de padre a hijo. 

En el cuento se puede apreciar que el personaje principal es el niño, pues es el remitente de la carta; además, es  quien relata toda la historia desde su punto de vista. En tanto, el padre es un personaje secundario, porque es a quien está dirigida la carta. La madre también es un personaje secundario, porque se menciona unas de sus opiniones que le dio a su hijo, que se ven reflejadas en la misiva. Las hermanas son personajes ambientales, porque no muestran características propias. 

El ambiente donde se desarrolla la historia es la casa familiar: el padre está estresado por no encontrar trabajo, la madre trata de hacer comprender al hijo el porqué de la actitud del padre, y las hermanas (Ariela y las dos mellizas) aún son muy jóvenes para comprender la situación que plantea y describe el niño: 
A punto de cumplir los cuatro –entonces– estrené mi propio cuarto, este mismo en el que ahora te estoy escribiendo mientras oigo jugar a las nenas en su habitación, pegada a la mía.
Al principio de la obra se perciben la tensión y la tristeza que siente el pequeño; mientras va desarrollando su punto de vista en la carta, se van mostrando su felicidad y su anhelo de relacionarse mejor con su padre.

El cuento es relatado por un narrador personaje, ya que es escrito en primera persona; el niño es el narrador de la historia, porque es él quien escribe la carta: “Lo que yo siento es que sos injusto –eso– al privarme de algo que también necesito, como mis hermanitas”.

Mientras leemos el texto podemos apreciar las funciones de la lengua, tanto emotiva como poética: 
  • “…el que por fin me haya animado a contarte lo que me hace falta de vos, lo que siempre espero –inútilmente– y no recibo”. En este ejemplo podemos notar con facilidad la función emotiva, pues el personaje expresa y da a conocer lo que siente. 
  • “Te escucho pronunciar la palabra ‘desocupado’ y se me pone la piel de gallina.” En este otro ejemplo podemos identificar la función poética, debido a la metáfora presente en él.

Me parece que la escritora Elsa Bornemann (egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires) creó una historia interesante, porque muestra un problema que puede suceder en la vida real. Además, es también interesante considerar que la autora tuvo que meterse en los zapatos de un niño y pensar como tal, ya que, a pesar de ser ella una adulta, su personaje nunca perdió la inocencia infantil en la historia. 

Bornemann, E., “Me hace falta”. Disponible en: http://www.imaginaria.com.ar/06/5/bornemann4.htm

Cómo un presentimiento influye en todo un pueblo


Luis Edgardo Adame Ayala

En el cuento “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, del autor Gabriel García Márquez (uno de los mejores autores de Colombia) se narra una historia muy interesante.
Una señora vieja un día amanece con el mal presentimiento de que algo muy grave va a suceder en el pueblo, como lo dice el título.
Me llamó la atención que en la historia todo el pueblo se entera de lo que dijo la señora, pasándolo de boca en boca. El pueblo entero se puso nervioso y se alteró al escuchar el gran “chisme” que había dejado pensando a toda la gente.
Esto es algo que pasa en la vida real: alguien dice algo interesante y toda la gente se llega a enterar, porque todos están hablando de eso. Así es como se hacen los famosos chismes.
En el desarrollo del cuento se empieza a expandir el presentimiento de la señora, porque su hijo va a jugar billar, y cuando está a punto de tirar le apuestan a que no hará la carambola, y no la hace. Se ríen de él, pero se justifica asegurándoles que no se pudo concentrar porque no ha dejado de pensar en lo que dijo su madre: que algo grave la va a suceder al pueblo. Se vuelven a reír de él. Pero con esto se empieza a expandir el rumor.
Para poder saber la época en la que está situada la historia se deben considerar dos factores que se mencionan en el texto: que el hijo fue a jugar billar con sus amigos y que aún se transportaban en carretas y no en automóvil. Por lo tanto, es dable suponer que la historia está situada aproximadamente en el siglo XVIII.
Por lo que leí, el tipo de narrador es omnisciente, ya que no es personaje de la historia ni se menciona, pero sabe todo del suceso.
Dentro de los personajes están:
  1. Principal: El pueblo entero.
  2. Secundarios: La señora vieja y Dámaso.
  3. Ambientales: La hija de la señora, el carnicero, las dos personas que compran carne, la primera persona que abandona el pueblo y el que le ganó el peso a Dámaso.

El autor, ganador del Premio Nobel de Literatura, utilizó muy bien la función poética de la lengua en su texto.
El cuento me gustó mucho, porque me sorprendió que solo porque una señora tenía el presentimiento de que algo grave le iba a suceder al pueblo, todos se dejaron persuadir.
Esto es algo que pasa mucho en la vida cotidiana: nos dejamos llevar por lo que dicen los demás, ya sea verdad o mentira. Pero no deberíamos creer todo lo que se nos dice sin antes investigar bien, o no deberíamos perder la calma.

García Márquez, G., “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Disponible en: http://ciudadseva.com/texto/algo-muy-grave-va-a-suceder-en-este-pueblo/

Cielo de perros



Raquel Alejandra Navarro Núñez

Al ver esa luz blanca y brillante, me encontré en las nubes más puras y limpias, tan alto en el cielo que apenas se veía a la gente caminar.

No podía dejar de flotar arriba y arriba, hasta que me encontré en una entrada con un gran portón de color tan brillante como el oro, que se había abierto ante mis ojos. Estos se me llenaron de alegría al verla de nuevo ahí parada, esperándome: ¡mi bolita de nieve peluda, Peggy!

Era el año 2008 cuando por primera vez la vi, pequeña en una bolsa rosada de Hello Kitty: una perrita tan blanca como la nieve y tan diminuta y delicada como una flor. Hasta ahora la recuerdo como mi amorosa mascota Peggy; la primera, la que estuvo siempre a mi lado. Me hacía compañía cuando me sentía sola y me fue fiel hasta el final de sus días.

Siempre pensé, a través de los años, que Peggy, mi French Poodle, era como una personita, una integrante de nuestra familia, ya que en todo momento nos miraba de una manera muy especial y única. Sentía, por alguna razón, que yo podía platicar con ella como si fuera una persona.

Cuando estaba cachorra se comportaba de una manera muy traviesa y juguetona. Yo sabía que no me podía contestar cuando le preguntaba, pero aun así nunca lo dejé de hacer, y, a pesar de que ella no me respondiera, con solo una mirada bastaba para saber que a veces sí me entendía.

Peggy, vente a acostar conmigo”, le decía, y ella brincaba tan alto del piso a la cama que parecían resortes sus patas.

Otras veces, en los momentos en que no sabía qué hacer, me divertía con ella con aquel juguete que amaba con todo su corazón: un hueso afelpado de color rosa. Nadie se lo podía quitar y jamás lo soltaba, siempre lo traía en la boca.

Estar con a su lado fueron los mejores años de mi vida: por tener su compañía y traer alegría a mi familia y a mí.

A pesar de no ser siempre yo la mejor dueña o la más cariñosa, la amaba con todo mi corazón y sabía que ella lo podía sentir. Peggy hizo de mi infancia la más hermosa que un niño puede tener, era la vida de nuestra casa.

Recuerdo esos días cuando me sentía triste o me enfermaba. Siempre estuvo ahí conmigo y me hacía querer estar bien; el amor que de ella brotaba era un calor acogedor e intenso.

Peggy cada día disfrutó de la compañía de sus seres queridos; adoraba que siempre la estuvieran consintiendo a todas horas.

“Tú cómo sufres, ¿verdad?,” le reclamaba entre risas. Ella solo volteaba con esa mirada dulce, tierna e inocente que solía tener.

Años pasaron, y estábamos en el tiempo de la vida de una adolescente cuando no sabe qué va a dedicarse a estudiar. Era 2016, Peggy tenía ocho años de edad, pero para mí seguía siendo una cachorrita. Me encantaba llegar a casa y oír primero su collar y que me recibiera con su rabito moviéndose.

Llegó el mes de octubre, cuando Peggy ya no era la misma. Todavía conservaba su chispa, pero no era tan activa como antes y siempre estaba acostada dormida. Creíamos que no sucedía nada, ya que su manera de ser siempre había sido así. 

Cierto día, al estar viendo la tele con ella, comencé a notarle unas pequeñas manchas que parecían moretones. Creía que se había golpeado con un mueble al bajar de lo alto, pero aun así le dije a mi familia que teníamos que llevarla a la veterinaria.

Este problema de Peggy me daba mala espina; sin embargo, mantenía la esperanza de que no fuera nada grave. Además, era un poco difícil para nosotros llevarla al médico, ya que el dinero no alcanzaba lo suficiente; entonces posponíamos la cita.

Cuando nos fue posible llevamos a Peggy a la veterinaria. Al estar ahí le tomaron muestras de sangre y la examinaron, aclarando que lo que ella sentía no tendría buen pronóstico. Preocupada yo, hice lo necesario para que Peggy estuviera mejor, y por eso dejé que la doctora lea analizara. Pero los resultados llegarían una semana después.

Un día antes de nuestra cita con la doctora, observé a Peggy acostaba sobre unas almohadas, con una cara de cansancio y sufrimiento; pero, a pesar de ello, se veía muy calmada. 

Me acerqué y le dije: “Vas a estar bien, te lo aseguro”.

Sin embargo, por alguna razón, sentía que no la volvería a ver.

En la tarde del día siguiente regresé a mi casa después de clases. Mi tía me había prometido que llevaría a Peggy a la veterinaria, por mí, pues ya yo no podía faltar a la escuela. Al ver a mi tía toda triste y desilusionada, tuve un pensamiento doloroso en mi cabeza y corrí hacia donde estaba mi amada perrita.  

¡Nunca en la vida sentiría un vacío tan grande como ese, al perder una mascota! Lágrimas corrían por mi rostro al verla, ahí, con sus ojitos cerrados, sin respiración. Peggy había sufrido de una enfermedad canina parecida a la leucemia, pues mataba sus plaquetas dejándola indefensa. Cuando me dijeron esto me sentí impotente, por no poder hacer nada para revertir lo sucedido. Pero ya era imposible.

Sesenta años después todavía pienso en ella, y no pasa un día en que no pueda borrar su imagen de mi cabeza. Claro, tuve muchos perros, pero siempre Peggy ocupó un lugar especial en mi corazón: mi primera mascota. 

Al cerrar los ojos para dormir, mi último pensamiento fue una imagen de ella conmigo sentada en nuestro sofá verde, viendo la televisión. Quedé profundamente dormida y no volví a despertar. Solo había oscuridad.

Después, mi visión se clarificó y vi una luz blanca. ¡Ahí estaba!: mi amada Peggy, esperándome a mi llegada para darme compañía.

¡Lágrimas de alegría por mis mejillas! Fui junto a ella y poco a poco nos desvanecimos en lo más alto de las nubes.