domingo, 19 de febrero de 2017

Adolfo y una experiencia extraordinaria



Adolfo y sus compañeros estaban jugando al futbol en el patio de la escuela, él solo enfrente de la portería y… se cayó, se raspó en la tierra, se raspó toda la rodilla y el codo. En vez de ayudarlo, sus compañeros le empezaron a decir de cosas, burlándose.
Adolfo se sintió muy triste, porque ahí estaba la chica que le gustaba, y se fue todo apenado. Llegó a la casa donde vivía con sus abuelos, una vivienda humilde, de un piso y dos habitaciones. Lo vieron tan triste, que su abuelo, don Damián, le preguntó qué le pasaba. Adolfo no le contestó, se quedó con la mirada baja.
El niño se fue a su cuarto y minutos después su abuela Eva le preguntó qué le sucedía. Adolfo le gritó: “¡Qué te importa!”. Salió de su casa, y sin siquiera viendo a qué dirección, se fue lejos.
Ya que se percató de su error de fugarse, no sabía dónde estaba. Miraba a su alrededor y solo miraba sierras, montañas y un río. Llevaba un día fuera, en pleno calor y con hambre y sed. Cuando ya no podía más, cayó desmayado.
Al despertar, miró a un viejo pintado de blanco. Adolfo le dijo: “¿Es usted Emiliano Zapata?”. El hombre le pegó un puñetazo. El niño, ya reaccionando adecuadamente, se iba a rascar el pelo cuando se dio cuenta de que estaba amarrado a un palo de madera clavado en el suelo, en el desierto.
Unos hombres se aproximaron al niño y le pusieron un tazón de agua en la boca, para que bebiera. Después de esto lo soltaron y Adolfo les gritó: “¡A ver, éntrenle! ¡Tal vez tenga doce años, pero tenía cuatro años cuando inició la revolución!”. Los hombres se le quedaron mirando, y uno le acercó comida.
Adolfo se tranquilizó y se puso a comer. Después, cuando empezó a oscurecer, los hombres le indicaron dónde iba a pasar la noche: era un domo hecho con ramos de mezquite, álamo y yuca. Adolfo, sin ninguna otra opción, tuvo que entrar con ellos y dormir en el domo.
A la mañana siguiente, las personas lo despertaron muy temprano y lo llevaron a un lugar desolado, a pocos kilómetros de donde vivían. Le hablaban, pero lo único que él entendió fue “Wa kunyur”.
Después subieron a un cerro. El niño gritaba desesperadamente: “¡Ya déjenme ir!”, pero las personas le entregaron pintura negra y le indicaron que se cubriera con ella todo el cuerpo. Adolfo exclamó: “¡No voy a pintarme!”. Entonces ellos le empezaron a gritar sobre un “Komet” y un “Sipa”.
El niño se pintó totalmente de negro. Al día siguiente, aún en el cerro, le pintaron una línea blanca. Él, confundido, no sabía qué hacer, pero escapar no era una opción, ya que ignoraba dónde se encontraba y probablemente lo atraparían mientras intentara escapar.
Continuaron arriba del cerro por una semana. Cada día le iban pintando una línea blanca en el cuerpo. Cuando Adolfo comenzó a pensar que así iba a ser el resto de su vida, bajaron a un río. El niño imaginó lo peor: que lo ahogarían o que lo dejarían ahí sin comida. Pero lo que sucedió fue que le quitaron la pintura con el agua.
Después de esto, Adolfo se sentía libre de culpa, se sentía purificado de todo mal; olvidó todo lo malo de su vida, olvidó las burlas y su tristeza. Empezó a confiar en esas personas, al igual que ellos en él.
Lo llevaron a sus viajes de exploración, le enseñaron a cultivar y cosechar las siembras de maíz, calabaza y frijol; a cazar con los arcos, las flechas, los palos y el mazo; le mostraron cómo adorar al Sol, al mar y al escarabajo.
En un viaje de cacería, a Adolfo le empezaron a molestar los raspones que se había dado, así que regresando del viaje le pusieron unas plantas en las heridas. Después de esto se sintió mucho mejor.
El niño aprendió a convivir con esas personas, aprendió a cosechar y cultivar su comida, a cazar, y a reconocer los terrenos del lugar. Un día ellos le entregaron un morral con comida, agua y un mazo. Le indicaron que podía retirarse para regresar a su casa.
Adolfo tomó un camino de regreso. Como ya conocía el terreno, sabía dónde empezar su recorrido. Pero ignoraba qué dirección seguir. Así que lo que hizo fue confiar en sus instintos, y siguió la dirección que éstos le marcaban.
El niño estaba dudando de si había tomado la decisión correcta. Ya se le estaba acabando la comida. Empezó a beber agua de los cactus. Se sentía a punto de rendirse, pero recordó a sus abuelos y continuó adelante.
Cuando parecía ver rastros de un pueblo, se le aparecieron una manada de coyotes: eran cinco animales hambrientos, que lo veían fijamente. Adolfo sacó su mazo, y le brincaron encima. Él alcanzó a pegarle a uno, pero no le quiso dar con la fuerza necesaria para matarlo; solo le asestó la suficiente para dejarlo inconsciente. Cuando lo atacaron los demás, pudo pegarle a otro, pero ya no le alcanzaba para el resto.
Estaba cerca su fin. De repente surgieron cuatro flechas disparadas directamente contra los coyotes. Pero desafortunadamente una de ellas no dio en el blanco. Cuando el coyote estaba cerca para atacar a Adolfo, un balón de futbol le dio en la cara al animal, y esto lo movió, de modo que el niño alcanzó a pegarle un golpe mortal. 
Al final, Adolfo llegó a su casa. Lo primero y único que hizo fue abrazar a sus abuelos. En ese abrazo sobraban las palabras, pero él les dijo: “¡Los quiero mucho!”.


sábado, 18 de febrero de 2017

Por medio de cartas


  
Mexicali, B.C., a 26 de septiembre de l959.
Deprimente, sí. Es deprimente. Injusto, afirmativamente es injusto. 
Mexicanos de la mayoría de los estados de la república tienen derecho a la educación superior, y acá en Mexicali no. Digo, ¡pero por supuesto que tenemos derecho! Pero no las posibilidades, eso es lo que es deprimente e injusto. 
Acá no hay opción: o trabajas en La Jabonera, en la Cervecería o a ver qué haces y que te vaya bien. Claro, hay muchos jóvenes emprendedores que buscan la manera de salir adelante y superarse a sí mismos y estudiar como se debe, pero es muy difícil. 
Por ejemplo, mi primo Carlos, que desde los doce añitos le ayuda a mi tío en el taller, ahora ya tiene su título y hasta un trabajo bien pagado. Esa es la clase de persona que merece el nombre de “cachanilla”, que sobrevive a pesar de las más grandes sequías y al más fuerte sol. 
Mi padre, él… dice que soy y siempre seré un soñador bueno para nada, y que nunca seré alguien como mi primo Carlos, sólo porque yo no quiero trabajar con él y mi tío en el taller. Siempre me dice: “Bien está San Pedro en Roma y bien estarás tú en el taller con nosotros”. Yo sinceramente prefiero aprender bien, porque es lo que me gusta, y sé que para ser lo que yo quiero debo hacer algo para lograrlo. Pero, ¿estudiar y aprender no es suficiente? Yo digo que sí, y si no debería serlo. 
Dime, ¿crees que sea posible que mi padre me desprecie?   
Atte. Miguel Macías

Y esa fue la primera carta que envié a Laura. Una joven con una seguridad bien determinada y un carácter cálido y positivo, a pesar de sus pros y sus contras… Laura era fantástica. En ese entonces ella vivía en Caborca, Sonora, así que tenía más posibilidades que yo. Pero, ¿quién era Laura?
No lo sé.
Caborca, Sonora, a 13 de julio de 1959. 
Ya lo pensé bien y sí lo haré. Papá está en toda su disposición de ayudarme, pero ya sabes cómo son los Rejón. A ver si no cambia de opinión luego. Espero que no, porque yo sola ni de broma podría. Como usted me dice: siempre con pan y vino se anda en el camino. Además, creo que me irá muy bien, y Hermosillo es un lugar muy bonito y muchísimo más seguro que Caborca, eso sí. 
Quiero estudiar pedagogía, para poder enseñar a los que lo necesitan. 
¡Ay, abuela! ¡Viera lo contenta que estoy! Yo sé que, a cómo está la situación, no todos tienen esta oportunidad. Es algo injusto, y deprimente. 
Le prometo aprovecharlo mucho, y sacar buenas calificaciones. La extraño. Espero ir a Mexicali pronto, para ya verla. 
Atte. Su nieta Laura

Esa fue la primera carta que recibí de ella. Obviamente, no estaba dirigida para mí, pero por alguna razón llegó.
Pasaron dos meses, hasta que Laura me respondió:
Caborca, Sonora, a 30 de noviembre de 1959. 
¿Miguel Macías? 
No, no creo que tu padre te desprecie. Tal vez solo está algo decepcionado. Pero ya verás: el día que cumplas tu sueño, que es estudiar —según tu carta anterior—, verás lo feliz que estará por ti 
Atte. Laura Rejón

Mexicali, B.C. a 12 de enero de 1960. 
Sí, él mismo. Sinceramente no creí que fueras a responder mi carta. Quería que supieras que la mandaste a una dirección errónea, así que no le hagas mucho caso. Igual, agradezco tu comentario y espero que así sea. 
En fin, ¿quién soy yo? Ni idea. ¿Quién eres tú? 
Atte. Miguel Macías

Caborca, Sonora, a 29 de enero de 1960. 
¿Yo? 
Yo soy Ana Laura, tengo dieciocho años, y mi más grande sueño es enseñar, como lo habrás leído en la carta que accidentalmente te envié. 
¿Cuál es el tuyo? Y ya, en serio, ¿quién eres, Miguel Macías? 
Atte. Laura Rejón

Y así era mi relación con Laura: una carta mensual, con una pregunta mensual, y un mes entero esperando con ansias su respuesta.
Ya habían pasado casi dos años desde la primera carta que le había enviado, y estaba a tan solo un tercio de empezar la educación superior.
Gracias al gobernador Braulio Maldonado existía una nueva institución que al principio ocupó las instalaciones de la Escuela Cuauhtémoc; la Universidad Autónoma del Estado de Baja California, le llamaban.
Laura tenía razón: las cosas entre mi padre y yo habían mejorado. Mi madre lo convenció de que me apoyara con mi carrera, y en cuanto terminara la preparatoria cumpliría mi sueño.
Le conté a Laura cómo iban las cosas por acá y muy contenta me respondió;
Caborca, Sonora, a 27 de mayo de 1961. 
¡Júramelo! 
Miguel, si lo que dices es cierto, puedo ir a Mexicali a estudiar contigo. 
Puedo vivir con mi abuela, y por fin te conoceré, y podemos pasar tiempo juntos. 
¿Te gusta la idea? 
Por cierto, ¿ya sabes qué carrera escogerás? 
Atte. Laura Rejón

Al principio no me agradó mucho la idea de conocerla, pues pensaba que esa bella relación epistolar terminaría. Digo, ¿qué tal si en cuanto me hubiese visto yo no le hubiera gustado? O, ¿qué tal si a mí no me gustaba ella? En fin.
Aunque tardé un poco, respondí su carta, como siempre.
En agosto de 1964, Laura vino a Mexicali a vivir con su abuela y a estudiar ciencias políticas en la ya bien conocida por sus siglas UABC. El CETYS no era para todos, era muy caro.
Después de la última carta que envié, no volvió a responderme. Ya estaba en mi último año de carrera, en Pedagogía, para ser exacto, y era tiempo de que aún no me hablaba. Ni siquiera la había conocido. Otra cosa injusta y deprimente.
Ya para terminar el año escolar estaba caminando con unos amigos cerca de la escuela. Vi a una joven alta, pero no más que yo, de cabello largo y con hondas, y una tez lívida.
Escuché cómo le gritaban; “¡Laura! ¡Ven!”. En ese momento supe que era ella. Nuestras miradas se cruzaron por un instante, y cuando mi amigo Mauro dijo mi nombre los ojos de ella se abrieron como platos.
Nunca más la volví a ver, y nunca supe por qué. A veces me pregunto qué habría sido si por medio de cartas no la hubiese conocido.

El deseo de Teresa



Una hermosa mañana en la ciudad de Mexicali, saltaba de alegría una niñita rumbo a la escuela. Su nombre era Teresa, de 8 años de edad; estudiaba tercer grado en la primaria Leona Vicario.
Teresa tenía un deseo muy especial. Su deseo era que nevara en la ciudad y que los ciudadanos contentos salieran con sus familias a disfrutar de ese momento, que podía ser único en Mexicali.
Los maestros y sus compañeros le decían que era “una soñadora”, que eso era imposible, disminuyendo sus esperanzas de hacer posible su deseo.
Saliendo de la escuela, Teresa se encontró con un ser raro, color verde, que podía flotar; era lo más parecido a un espíritu. El espíritu le dijo:
—Hola, soy Zayak y vengo a cumplirte tu deseo.
Teresa, paralizada, le contestó:
—¿Por qué me escogiste a mí?
—Porque tu deseo no solo te beneficiará a ti, sino a toda la comunidad —le respondió Zayak.
De repente empezó a nublarse y más tarde a nevar. La gente salía de sus casas, pero no tenían la misma expresión en el rostro que Teresa: estaban aterrados. Teresa se las tuvo que ingeniar para hacer que todos reaccionaran y comprendieran que su deseo era darles felicidad, no aterrarlos.
Escaló el cerro del Centinela en una parte donde todos la pudieran ver. A unos diez metros del piso empezó a gritar: “¡Damas y caballeros! ¡Hoy escalé el cerro para decirles que yo le pedí  el deseo de que nevara a un ser mágico! ¡No era mi intención aterrarlos!”.
La gente empezó a gritar que era una loca, que no era posible la existencia de un ser mágico. Teresa empezó a llorar y con la voz corta expresó: “¡Créanme, no estoy mintiendo!”.
De repente apareció Zayak. Todos se asombraron, porque lo que aseguró la niña no era mentira. Y Zayak les dijo: “Ciudadanos, Teresa me pidió este deseo con la intención de que disfruten la nevada con sus familias”.
La gente reflexionó y empezó a divertirse en familia, jugando con la nieve. Y para muchos algo espectacular fue cómo se veía el hermoso cerro del Centinela cubierto de blanco. Fue un día histórico que jamás se debe olvidar.


Ciria Robles Valenzuela, orgullosa de sus logros



Ciria Robles Valenzuela es una inteligente psicóloga y madre de tres hijos. Actualmente trabaja en un consultorio tratando a sus pacientes, además de administrar su propia página de Facebook.
Ciria nació el 25 de agosto de 1984 en la ciudad de Mexicali. Ha vivido aquí desde entonces. Disfrutó mucho su infancia en esta ciudad, ya que jugaba mucho con sus hermanos y vecinos en los patios de sus casas y en la calle, cuando la seguridad era mayor.
Vivió muy cerca de sus familiares y amigos durante toda su vida. Acostumbraba salir de visita  a casa de sus amigas y siempre convivía con su familia cuando podía. Fue una niña feliz.
Recordó que, antes de que entrara a secundaria, el tráfico era menor y la gente se sentía segura aun sin cinturón. Sus palabras fueron: “No había tráfico, no se necesitaba cinturón y era más tranquilo. Me gustaba más salir en ese entonces”.
Mexicali crecía junto a ella. Puentes se creaban, negocios se abrían y la ciudad se extendía. A Ciria le encantaba salir de compras a la plaza La Cachanilla de pequeña, y le sigue gustando.
Ella comentó en una entrevista que le gustaba mucho la gastronomía mexicalense, en especial la comida china. Salía con su familia los domingos al restaurante  Ojo. Dice que sirven muy buenos platillos ahí, aunque actualmente ese lugar tiene otro nombre.
Entró a la universidad cuando tenía 39 años. Eso se debe a que fue madre a los veinte, después de salir de preparatoria. Se centró más en sus hijos que en su educación. y los estuvo cuidando.
En 2014 terminó la carrera de psicología y dos años más tarde abrió su propio consultorio y una página de Facebook, donde atiende pacientes en un chat de texto.
Actualmente sigue trabajando en su profesión. Está muy orgullosa de sus logros, de haber cumplido todas sus metas. Le encanta tener una vida tan feliz y contar con muchos amigos y familiares que la quieren.

 Segundo grado de secundaria (2016)

El mejor ingeniero de Mexicali



El antes trabajador de la CFE Carlos Sánchez Bojórquez nació el día 31 de diciembre del año 1948. Él vivía en una casa grande con cochera para tres automóviles, con mucha flora y muy buena ubicación, es decir, cerca de mercados, escuelas o bibliotecas.
A los siete años de edad ingresó a la escuela primaria Particular Mexicali B.C. Al salir de la primaria ingresó, en 1961, a la secundaria María Castro Valenzuela.
Después entró a la preparatoria Vocacional Número 7 del Instituto Politécnico Nacional. Y al mismo tiempo comenzó a trabajar en un almacén de abarrotes, surtiendo pedidos en tiendas.
En 1968 fueron las olimpiadas en México, el mismo año en que Carlos dejó de trabajar en el almacén y pasó a un supermercado, en donde se recibía mercancía de miscelánea para el surtido de los productos, tanto de ropa como de papelería, perfumería y joyería.
En 1970 comenzó labores en un almacén de depósito de granos. Ahí recibía cosechas de trigo, de maíz blanco y de sorgo. Un año después de que ingresó a la Universidad Autónoma de Baja California e inició con un nuevo empleo en la Secretaría de Obras Públicas, el presidente Luis Echeverría impulsó la construcción de caminos en el valle de Mexicali.
En 1973 Carlos se casó con Lilia Celina Osante, y cinco años más tarde tuvieron a su primera hija, llamada Lilia María. Un año después empezó a trabajar en la Comisión Federal de Electricidad, en el área técnica, localizando líneas de transmisión; en cambio, en administración realizaba concursos de obras para mantenimiento.
Mientras laboraba ahí, también lo hacía en la UABC como maestro de ingeniería. En mayo de 1985 le otorgaron un reconocimiento, por su brillante desempeño durante una década como profesor universitario.
En 1980 había tenido a su segundo hijo, llamado Carlos, como él. Y en 1990 nació otro niño, llamado César.
Por su trabajo en la CFE, al igual que otros trabajadores recibió un reconocimiento. El suyo dice: “(La CFE) Agradece la valiosa colaboración y conocimiento que durante 25 años ininterrumpidos ha prestado a este organismo hasta el día 23 de octubre de 2004, y otorga a: Carlos Sánchez Bojórquez Diploma de honor, en virtud de que sus servicios han sido determinantes para satisfacer la demanda de energía del país, coadyuvando al avance social, económico y tecnológico del pueblo de México”.
En 2006 la VIII Legislatura del Estado de Baja California declaró 2007 como “Año del Cincuentenario de la Universidad Autónoma de Baja California”. Entonces fue también cuando Carlos se jubiló, después de haber alcanzado 27 años trabajando en la Comisión Federal de Electricidad.
Ahora vive en una casa blanca, grande y con distintas habitaciones dentro de ella, casi igual a aquella en la que vivió desde 1948 con sus siete hermanos mayores, según se les aprecia en las fotos que tomaron en 1960, en navidad.

Segundo grado de secundaria (2016) 

Más que una tía, es como una mamá



Era una mañana muy soleada, el 3 de marzo de 1971, en Magdalena de Kino, Sonora, cuando se dio el nacimiento de María Guadalupe Andrade Moreno. Sus padres: Luis Manuel Andrade Parra y Martha Elena Moreno Leal, y sus hermanos: Francisco Arturo, María Antonieta y Luz Amelia.
A la edad de cuatro años de María Guadalupe se vinieron a vivir a Mexicali, por cuestiones de trabajo de su padre, y desde entonces ella reside aquí. Estudió en el ITM (Instituto Tecnológico de Mexicali) y se graduó de la carrera de ingeniería industrial.
Cuando estaba en la primaria practicaba voleibol, pero solamente logró llegar hasta la etapa de zona, porque no era como hoy en día, que hay más personas interesadas que te pueden ayudar.
En la preparatoria sus amigos la apodaban Pupis, y es por eso que en la actualidad la conocen así. Comenzó a trabajar a los dieciocho años en el IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), con ayuda de su padre, porque era chofer del delegado. Por esa razón también sus hermanos trabajan ahí, pero ella por situaciones personales ya no lo hace.
Ha conocido a largo de su vida lugares históricos de la ciudad, como la Plaza Calafia, el museo de la UABC, el Centro Cívico, el Sol del Niño, el zoológico, La Cachanilla, entre muchos más.
Cuando hay temporada de los equipos Soles y Águilas de Mexicali le gusta asistir, pues a sus sobrinos Luis y María les obsequian boletos. Ella va y convive con los papás de los amigos.
Todavía no se puede acostumbrar a la época de calor de la ciudad, en parte porque su natal Magdalena no es tan húmedo y caliente.
Magdalena era un lugar muy tranquilo, pintoresco y tradicional; lo nombraron “Pueblo Mágico”. A ella le gustaba mucho porque ahí se encontraba toda su familia, no hay sismos, el frío es más extremo a causa de las montañas que se encuentran alrededor; pero casi no hay lugares para divertirse como los que hay en Mexicali, ya sean cines, plazas o sitios de entretenimiento.
La razón por la que le gusta Mexicali es porque está aquí la mayor parte de su familia. Cuando ella llegó había menos población, menos delincuencia y mayor seguridad.
La ciudad ha cambiado mucho desde entonces, se ha modernizado, tanto en sus vialidades como en sus edificios; su población ha cambiado enormemente y ella se siente menos segura a la hora de salir a eventos familiares, por miedo a sufrir algún asalto.
Lo que más acostumbra hacer es asistir a ver juegos de basquetbol, ya que sus sobrinos lo juegan desde la primaria. Además, viaja a otros estados o a Tijuana, Ensenada u otras ciudades, por las competencias de torneos nacionales, olimpiadas, binacionales y muchos más. Cuando se encontraba de viaje por el nacional de basquetbol en que participó su sobrino Luis, dejó de ser presidente de México Felipe Calderón, para después serlo Enrique Peña Nieto.
No tuvo hijos, pero quiere a sus sobrinos como si lo fueran, pues desde que nacieron viven con ella. Por lo tanto, los ayuda y aconseja para que sigan un buen camino.
Su primer novio se llamaba Oliver y duró su relación por muchos años. Ella se sentía muy emocionada, él estaba guapo y tenía muy buen empleo. Salían de viaje a lugares históricos de Mexicali, o a otros estados con climas cálidos y paisajes muy bonitos.
Me enseñaba fotos viejas donde se aparecen en un juego de Six Flags. En el acta de él verifiqué su fecha de nacimiento, porque ella ya no la recordaba, pues su relación había terminado hace tiempo.

Segundo grado de secundaria (2016).

viernes, 17 de febrero de 2017

Miguel Ángel Ramírez Domínguez, un músico luchador




Miguel Ángel Ramírez Domínguez nació el 29 de febrero de 1918, en El Triunfo, Baja California Sur. Sus padres fueron Francisco Ramírez Liera y Teresa Domínguez Beltrán.
Su padre era carpintero y músico. Tocaba el violín, el bajo y la mandolina. Murió a la edad de 56 años. Su madre falleció a los 102 años, y se encuentra sepultada en Caléxico, California.
A los cinco años a Miguel Ángel lo trajeron a Mexicali, ese poblado con poca gente y mucho polvo. Sus estudios los cursó en varios planteles: primero y segundo de primaria, en la escuela de la Estación Hechicera; el tercer grado, en los Estados Unidos y también en la escuela Abelardo L. Rodríguez, de La Rumorosa; el cuarto grado, en la escuela Benito Juárez, de Mexicali, de donde pasó a quinto grado, pero ya no siguió estudiando.
Cuando tenía 17 años ya estaba muy interesado en la música. Sabía tocar saxofón. Con unos amigos se presentaban en algunos lugares.
Miguel Ángel tenía cierto conocimiento de notas y daba clases de música a varias personas. Ya cuando los indemnizaron, se fue a formar el sindicato de obreros de industrias diversas y sus conexos del valle de Mexicali.
En 1940 formó parte del grupo solicitante para una colonia que apenas se estaba formando y ahora es llamada Industrial. Unos años después entró a formar parte del comité Pro-Mejoras de la colonia, como el secretario.
En 1947 ayudó a inaugurar la primaria General Miguel Alemán; era el encargado de integrar la orquesta que tocaba en los bailes para recaudar fondos para la construcción de la nueva escuela.
Lo anterior pertenecía a su vida trabajadora, pero su vida amorosa no podía quedarse atrás.
Su primera esposa fue Agustina Kanagui, quien falleció en 1959. Ella le dio seis hijos: María Teresa, maestra jubilada; Silvia, ama de casa; Miguel Ángel, emigrado a EUA; Cecilia y Esperanza, dedicadas al hogar; Víctor Francisco, contador y radiólogo en El Centro, California.
Su segunda esposa le dio cinco hijos: Norma Lidia, dedicada al hogar; Sonia del Carmen y Martha Olivia, emigradas a Estados Unidos; Irma Rosa, también ama de casa, y Armando Eduardo, abogado analista y trabajador del Registro Público de la Propiedad.
Su tercera y última esposa, Lucila Vega, le dio tres hijos: Lucila Angélica, secretaria de Rectoría de la UABC; Arturo, arquitecto (desaparecido), y René (su hijo menor), ingeniero industrial y quien trabaja en una compañía coreana.
Don Miguel Ángel Ramírez Domínguez fue colaborador de muchos proyectos, además de los ya mencionados, de la formación de la colonia Industrial y la construcción de la escuela primaria General Miguel Alemán. Siguió dando clases de música, enseñando a tocar el saxofón, la guitarra y el violín.
Su vida transcurrió plena y feliz, con hijos, nietos y bisnietos, amigos, compañeros y colegas, que lo quisieron mucho por su carácter de vivir y por trabajar siempre con esfuerzo y ánimo.
Admirado por su lucha de causas y persistencia por obtener un ideal, siempre será amado por la persona que era.

Erasmo, padre y abuelo amado




Erasmo Arroyo Zamora, con sus ocho décadas de vida, sigue disfrutando como si solo fueran dos, tomando su cafecito en la mañana y comiendo por las tardes como si no hubiera límites, y yendo de diestra a siniestra para conseguirse un pay.
Ahora, para adentrarnos más en su vida, comenzaremos en el inicio de todo: 1932, año en el que nació la estrella de esta biografía. Fue el 27 de noviembre cuando Maclovia Zamora lo trajo al mundo.
Habiendo nacido en Estados Unidos (en Texas), a las pocas semanas fue traído a México (a Sonora), y a los pocos años fue abandonado por su madre, quien lo dejó con sus hermanos y su padre, Julio Sebastián.
Por carencia de dinero se vieron obligados él y sus hermanos a trabajar en las parcelas de la familia. Tres años después, en una fiesta de los amigos de su padre, conoció a María del Carmen Cardozo. Después de relacionarse por varias semanas y enamorarse, decidieron que se casarían en algún futuro.
En 1954 nació su último hermano, Lalo, y la promesa que había hecho a María del Carmen seis años atrás se volvió realidad, contrayendo matrimonio posteriormente. Meses más tarde nació su primogénita, Virginia Arroyo Cardozo, el 12 de octubre.

Se extiende el Arroyo
Dos años después de la llegada de su primera hija, nació su primer hijo varón, Gerardo; en 1958 recibió a Griselda, y en 1960 a Francisco. Posteriormente murió su padre.
Su tercer hijo nació dos años más tarde, y lo llamó como su padre, Julio Sebastián; en 1967 arribó Gustavo y en 1970 Guadalupe Omar, el último de sus descendientes.
A la edad de veinte años Virginia decidió mudarse a Mexicali, para conseguir una mejor carera. En 1973 Erasmo optó por trasladar a toda la familia a esta ciudad, buscando un mejor futuro para todos.

El Arroyo llega a la ciudad
Tres años después de la mudanza, Gerardo contrajo matrimonio con Guadalupe (Lupita), y de ellos nació su primera nieta, Aletea Arroyo Pacheco.
Cinco años más tarde su hija Griselda contrajo matrimonio con Sergio, y al año de casados se trasladaron a Tijuana.
Por los siguientes años continuaron los matrimonios de sus hijos y las partidas de la casa paterna, poco a poco: primero fue Julio, luego Francisco; después su hijo menor, Omar, y por ultimo Gustavo. Virginia, aunque es la mayor, decidió quedarse soltera.

2000
Su último nieto, Alejandro Arroyo, nació en 2002. Dos años más tarde Erasmo y María celebraron su quincuagésimo aniversario de casados.
Pasaron varios años de tranquilidad y felicidad, pero ocurrió una tragedia que aún afecta a la familia: fue 2009 cuando se le diagnosticó cáncer de garanta a Julio. Tras muchos años luchando y superando la quimioterapia, en 2013 éste perdió la pelea contra el tumor.

Ahora Erasmo dedica el tiempo a su familia, y todos los días es visitado por sus hijos y nietos.

Una vida de superación: Sara Elsa Chon Ramírez


Con sus amistades.
Sara Elsa Chon Ramírez nació el 6 de octubre de 1970 en Mexicali, Baja California. Es la segunda hija y la cuarta entre sus hermanos, cinco en total.
De los seis a los doce años estudió (toda la primaria) en el Instituto Villafontana, en donde le gustaba convivir y jugar con sus amigas.
Otros de sus recuerdos de la niñez son de cuando su familia solía viajar en tren a Guadalajara; cuando salían de vacaciones con sus primos a Los Ángeles (Estados Unidos), en donde aprendió a nadar y utilizar la bicicleta, y cuando iban a san Felipe y acampaban.
Su madre, Sara Elsa Ramírez Rodríguez, fue una persona muy importante para ella, y uno de sus recuerdos que tiene es que era una estupenda ama de casa, que le gustaba mucho cocinar y hacer manualidades. Pero, debido a problemas con los riñones, ella falleció el 7 de mayo del 2005.
Blue Ice, su negocio particular.
(Sara Elsa desde pequeña siempre tuvo un gran parecido con su madre; de ahí su nombre).
Fernando Chon Dávalos, su padre, siempre ha sido una persona muy trabajadora y a la vez muy estudiosa. Durante su juventud Sara le ayudó a atender el consultorio de su propiedad, en donde desarrolló sus habilidades de negociación.
Al igual que la primaria, acudió a la secundaria en el Instituto Villafontana, pero esta vez sus estudios se centraron para cursar una buena carrera. Eligió el Cobach y después la UABC. Su profesión es administración de empresas, que le ha ayudado mucho para su actual negocio, llamado Blue Ice.
Una de las personas más influyentes para ella fue su jefa en su primer trabajo en la aduana, pues la ayudó a superarse y aprendió mucho de ella. Así también, su jefe en el CETIS, quien la ayudó a progresar económica y mentalmente.
Con su hijo, Miguel Ángel.
El 20 de junio de 2001 Sara Elsa tuvo su primer y único hijo, Miguel Ángel Fimbres Chon, a quien donde cuidó y por quien trabajó para poder mantenerlo; es uno de sus más grandes logros.
Algo que también la hace muy feliz es que cuenta con un postgrado, MBA, que tomó de 2005 a 2008.
En el mismo año que terminó su posgrado, por cuestiones de trabajo en URBI se mudó a la Ciudad de México, donde  vivió  por casi tres años. Al principio le resultó muy difícil, pero lo fue superando, hasta que logró salir de esa empresa y abrir su propio negocio.
Se casó con Jesús Manuel Cañes Martínez el 21 de diciembre de 2010, por lo civil.
Una de sus metas es abrir otro negocio, además de su nevería; realiza diferentes actividades en el grupo de mujeres empresarias de Canacintra.
Lo que más disfruta de su vida es estar con su familia, ir a la playa y ver películas con su esposo y su hijo. 
Con su esposo, Jesús Manuel.