sábado, 1 de julio de 2017

Para siempre, en la Obregón


Ricardo S. Corral Pujol


Corríamos por la avenida Obregón con dirección a la Biblioteca Central. Pero vimos esa casa, la casa de la familia Guajardo –muy bella, por cierto–. Tenía un oscuro secreto y transmitía una sensación como de miedo. Caminamos, entonces, lentamente frente a ella, con el fin de no despertarla. Bueno, eso es lo que decían que se debía hacer. Al momento, un oscuro pensamiento invadió mi mente: la historia de una antigua leyenda que contaban los mayores.
Se decía que a principios de los años cuarenta, con la gran guerra mundial, el temor a un ataque japonés a los Estados Unidos y la escasez de alimentos y recursos en el país, el presidente Ávila Camacho había ordenado el racionamiento generalizado, incluyendo los alimentos. Mientras tanto, en este alejado rincón de México, precisamente en la frontera con Estados Unidos, una popular leyenda había surgido:
Contaban que en la casa ubicada en la esquina de la avenida Obregón y calle D –un edificio rosado, de aspecto hermoso, pero algo lúgubre–, vivía una peculiar familia, los Guajardo, que constaba de siete caballeros dedicados a la abogacía y su decrépita madre. De ella se murmuraba por ahí que era una vieja bruja. Y esto se lo había ganado no solamente por su mal carácter, sino porque, según, había embrujado a sus hijos para que ninguna otra mujer volteara a verlos, con el fin de que por siempre se mantuvieran juntos y a su lado.
Pero cuando el cáncer le ganó a la anciana y su corazón dejó de latir, su hijo mayor –que había perdido la mano izquierda gracias a la mordida de una cebra traída del África en un circo de la Ciudad de México– expresó que no se sentía preparado para dejar ir a su madre querida. A la par ese sentimiento invadía a sus hermanos. Así, los siete llegaron a la tenebrosa conclusión de que debían momificar a la mujer, para poder tenerla el resto de sus días.
A diario la cambiaban de ropas y la sentaban con ellos para compartir el desayuno, la comida y la cena. Y hay quienes dicen que la momia incluso discutía con sus hijos, quienes algunos días se arrepentían de su decisión. Al terminar las comidas la colocaban en una silla mecedora tras el gran ventanal, para que, como lo había hecho la mujer en vida, mirara a las personas pasar por la concurrida calle. Después, ya en la noche, la llevaban a dormir a su habitación.
Pronto los rumores comenzaron a surgir sobre una extraña y espeluznante figura sentada en la ventana de los Guajardo. Había quienes aseguraban que la madre de los abogados no había fallecido como se creía, y que todo era parte de una red de espionaje alemana. Era una idea algo descabellada, pero eso rumoraba la gente. Otra teoría afirmaba que la vieja no estaba muerta, sino que había fingido su deceso para evadir elevadas deudas de impuestos ante el gobierno.
Sin embargo, todas las suposiciones fueron descartadas cuando, un día de invierno del año 1950, un joven cuyo nombre la historia ha olvidado decidió averiguar la verdad del asunto, así que atrevidamente brincó el cerco de la antigua casa para acercarse al ventanal. Lo que vio ese día aterroriza a niños y adultos hasta la fecha.
Según su versión, la extraña figura era la madre de los Guajardo, o lo que quedaba de ella, quien había sido embalsamada con unas gruesas vendas y estaba sentada en su antigua silla de madera. El joven relató que, al ver el oculto rostro de la mujer, sintió cómo la mirada de la momia atravesaba su alma y experimentó un sentimiento de extremo terror, que se apoderó de su cuerpo. Mientras él se encontraba paralizado frente al cristal, uno de los hermanos Guajardo le gritó que se largara de su propiedad o que le daría un plomazo en la sien. El joven no dudó un segundo en retirarse del lugar.
Desde entonces la leyenda de la terrible momia de la Obregón ganó mucha fama entre los mexicalenses y la acera frente de la casa perdió a muchos de sus asustados caminantes. Los pocos valientes pasaban corriendo frente a esa ventana, queriendo morbosamente ver a la anciana sentada en su poltrona, pero con el intenso miedo de que esos ojos secos les robaran su alma.
Además, había algo que hacía más temible la casa de los Guajardo: después del suceso del joven que invadió la propiedad, los hermanos decidieron contratar a un velador, un español de aspecto muy extraño, quien no superaba el metro y medio de estatura. Se decía que había sido un rebelde rojo que, habiendo conseguido escapar de la muerte bajo las manos de Franco, llegó a México como ilegal. Su presencia y su aire militar le daban un añadido de terror y albur a la historia, pues su mirada penetrante y el azul de sus ojos inmutables se clavaban en quienes transitaban frente al lugar.
Años después, los Guajardo harían una pública negación de toda acusación con respecto a lo que se murmuraba sobre su madre. Sin embrago, esa aclaración no hizo desaparecer la leyenda tan comentada por la comunidad mexicalense.
Gracias a la horrible sensación de miedo y la espeluznante energía que se experimenta al pasar frente a esa ventana, los exhorto a no acercarse y mucho menos detenerse, pues la momia bien podría estar ahí todavía y llevarse sus almas consigo al más allá…

No hay comentarios.:

Publicar un comentario